Foto: LA NACION / Gustavo Cherro
Es uno de los asentamientos con mayor contaminación. Está en Quilmes y fue declarado lugar no apto para la vida humana.
Ramiro Sagasti – CorresponsalÃa La Plata
LA PLATA.- A la mañana siguiente, LA NACION recibió un mensaje de texto de MarÃa: Facundo habÃa muerto de frÃo durante la noche. Facundo, el hijo de una vecina suya, tenÃa tres años y vivÃa en la villa miseria “El emporio del tanque”, de Quilmes, una de las más abandonadas y tóxicas del conurbano bonaerense.
Un dÃa antes, MarÃa habÃa acompañado a LA NACION durante una recorrida por el barrio. Por fin el cielo estaba despejado, después de tantos dÃas lluviosos, aunque el sol aún débil no alcanzaba a neutralizar el aire escarchado de la mañana. Facundo aún estaba vivo.
MarÃa contó que los primeros pobladores de la villa se habÃan instalado seis años antes sobre un terreno perteneciente a la empresa El Emporio del Tanque, dedicada a la limpieza de recipientes industriales; que allà viven cerca de 600 familias; que la expropiación de las tierras para que sus habitantes legalicen su vivienda no avanza porque el ambiente está tan contaminado que no es apto para la vida humana; que la brea emerge del suelo; que los chicos tienen plomo en la sangre; que las ambulancias no entran; que no hay gas y, a veces, tampoco electricidad ni agua.
El barrio “El emporio del tanque” se llama asà porque está situado en un terreno de 26 hectáreas de la empresa. El predio, en el que viven unas 600 familias, está situado entre el Camino General Belgrano, las calles Rodolfo López y República del LÃbano y el arroyo Las Piedras, en el partido de Quilmes, que tiene 700.000 habitantes, de los cuales 250.000 viven bajo la lÃnea de pobreza.
El presidente de la Federación de Sociedades de Fomento de la provincia de Buenos Aires, Osvaldo Tondino, que acompañó a LA NACION al asentamiento, sostuvo: “Pasan los gobiernos peronistas y radicales y pasaron las dictaduras, y los arroyos siguen contaminados, y a la vera de esos arroyos viven las comunidades más humildes”.
Consultado, el intendente de Quilmes, Francisco Gutiérrez, dijo: “Estamos trabajando. Tenemos que regularizar la cuestión del terreno. La expropiación no avanza porque la provincia dice que esas tierras no pueden comprarse, debido a que están contaminadas y no se puede vivir ahÃ. Alguien se tiene que hacer cargo de la remediación del terreno. Eso lo va resolver la Justicia. Además de ese juicio, hay otro. El que inició la empresa para desalojar a los vecinos. Mientras tanto, tenemos que avanzar con la regularización de los servicios básicos, como el agua y la luz. Por el momento, estamos colocando unas canillas comunitarias”.
También, una semana antes de la recorrida, una gacetilla de la Municipalidad de Quilmes decÃa que habÃan empezado a colocar canillas comunitarias. “¿Ves alguna canilla?”, preguntó ahora MarÃa.
No, no habÃa canillas. Varias mujeres y algunos hombres rodearon a MarÃa y empezaron a enumerar sus quejas. “Si querés el agua, en esta parte, se la tenés que comprar a los chilenos [habitantes del asentamiento], a 150 pesos. Por eso, la sacamos de una manguera que pasa por el basural”, dijo Miguel.
El basural
El basural está del otro lado de la calle López, detrás de una casa de madera con la puerta hacia el Norte, para recibir el sol del invierno. Hacia el Sur, el humo pálido de pequeñas fogatas le otorgaba al ambiente una claridad seca, como de cal. Ana MarÃa y Ricardo, los dueños de la casa, estaban sentados en unas sillas desvencijadas, al sol.
Unas mujeres le pidieron permiso a Ricardo para sacar agua, y Ricardo aprobó con la cabeza. Las mujeres caminaban con cuidado.
No todos en el barrio pueden sacar agua de ese basural. Muchos viven muy lejos como para cargar los baldes. Por ejemplo, los que habitan la zona más contaminada, frente a una cordillera de enormes tanques oxidados que alguna vez contuvieron hidrocarburos. AllÃ, un grupo de punteros polÃticos vendieron una precaria instalación de agua por entre 80 y 100 pesos a 20 vecinos, pese a que las máquinas para hacer el trabajo y los caños los habÃa provisto la municipalidad.
Un sujeto flaco y nervioso compuso un personaje de lÃder, y dijo: “Me llamo Justo Pedraza y estoy desde la primera toma del barrio. Nos quisieron correr muchas veces. Hasta tiraron un Polo azul, motor gasolero, robado, y un muchacho muerto para sacarnos de acá. Y ahora, estos personajes entre comillas vienen acá a querer lucrar a la gente”.
Facundo vivÃa frente a los tanques, con su mamá, Ana, y sus cuatro hermanos. Una laguna podrida habÃa avanzado sobre el fondo de su casa. En esos terrenos, ahora inundados, cuando hace calor y no hay agua, la brea emerge del suelo.
En el camino hacia los tanques, hubo que pasar al lado del arroyo Las Piedras, de aguas espesas. De esas aguas, llegó un olor ácido y pastoso. “Ese olor tiene algo que pica la piel”, dijo Ana, no la mamá de Facundo, otra Ana.
Ana esquivó unos charcos y dijo que tenÃa miedo de que los echaran del barrio. “Yo sé que estas tierras no son nuestras, pero nosotros las cuidamos. Mirá la casas lindas que hay”, dijo, y señaló dos construcciones de ladrillo, revocadas: una era amarilla; la otra, verde agua. Un chico que acompañaba a Ana dijo: “¿Te hago una adivinanza? Mientras más lavo, más sucio estoy”.
La casa de Facundo estaba cerrada. Es una pequeña casa de madera, con el apellido de la familia escrito en la pared del frente. HabÃa unos chicos jugando en los tanques. Una mujer con el pelo revuelto por el viento, la espalda doblada y los zapatos llenos de polvo miró a los chicos, y dijo: “Se nos van a morir todos los pibes”. La frase sonó como una súplica.
Llegó Verónica, que vive al lado de la casa de Facundo. “La mamá viene, y me dice: «Facu está frÃo». Lo agarré y salà corriendo para la salita. Lo reanimaron. Estaba tan frÃo?”, dijo Verónica, y besó la frente de su beba. La beba tosió. Una tos irreal, demasiado ronca para su tamaño.
La Nación
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