Dicen que la felicidad está en las cosas pequeñas.
Eso debió pensar Arol cuando pensó en regalarme una plantita el lunes pasado: me compró un mandarinero liliputiense. Por supuesto, es un regalo corporativo, con las bolitas de color naranja.
Ahora, tengo que regarla y cuidarla. Quizá, si me esfuerzo mucho, algún día consiga cosechar una mandarina de tamaño natural!
Desde que tengo uso de razón, he tenido cierta conciencia ecológica. Recuerdo que recibía en casa los boletines de Greenpeace con 14 o 15 años, y era el terror de mis amigos en el instituto con mis discursos sobre “no regales ramos de flores porque se mueren, estás regalando cadáveres, es lo mismo que si te compras un abrigo de pieles”.
Miri la rapapolvos ecológicos…
Con el tiempo, me he vuelto más tolerante, aunque sigo prefiriendo plantas en vez de flores, vidrio en vez de plástico y realizar todas mis impresiones a dos caras en lugar de a una. Soy fan de los carritos de la compra y tengo tres bolsas de tela para evitar las de plástico. ¡Y uso sieeempre el transporte público!
Dicen que la felicidad está en las cosas pequeñas y digo yo que cuidar la Tierra también.
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